Prudencia Innecesaria
Exaltado la observa en silencio, en el más preciso de los cuidados para que ella no note su nerviosismo y su torpeza: coloca las manos en sus bolsillos para ocultar el sudor, cuando ella voltea él juega con las piedras postradas en el suelo, oculta su mirada. Sin embargo, sus intentos son fallos, ella lo nota, sabe que algo extraño pasa en cada entraña de él, busca mirarlo a los ojos, él actúa de manera misteriosa, voltea para lados inimaginables ocultándose bajo aquella calidad fingida que a nadie engaña. Ella ríe, él se sorprende.
Él empieza a pensar que no debería estar allí, que no vale la pena, que debería continuar su camino y dar aquella batalla interna, que ha llevado consigo durante meses, como vencida. Pero algo le olbiga a quedarse. Ella le obliga a quedarse, está tentado a permanecer a su lado por siempre si fuera necesario. Cuando no pudo soportar más se quedó observando el rostro de ella, haciendo caso omiso a su timidez consiguió lo que más anhelaba en ese instante, una mirada amorosa… a pesar de ser un momento feliz (uno de los más felices en la vida de él) decidió pararse de dónde estaba sin despedirse, esa extraña manía de arruinar lo perfecto.
Ella no comprendía la actitud de él, sin embargo omitió una vez más sus rarezas y decidió llamarlo con un grito esperanzado. Él se devolvió y ella, tomando su rostro entre sus manos, pronunció las palabras que marcarían un cambio radical en la vida de él…
V.


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